Corro a un ritmo medio, haciendo ejercicio, por la ciudad.
No conozco la calle en la que estoy. Es peatonal y los edificios que la forman son altos y antiguos.
Es de noche, pero las farolas proporcionan buena visibilidad, incluso con esa luz amarillenta. Me permiten ver que la rejilla que cubre un agujero de ventilación del suburbano (o al menos eso parece: en un agujero profundo, rectangular, de un par de metros de lado) está mal colocada, haciendo equilibrio.
Me desvío unos metros a la izquierda para evitar la rejilla y sigo mi camino.
Al llegar al final de la manzana, me cruzo con una mujer mayor. Parece estar cerca de los setenta por el pelo cano y las arrugas en la cara. Mueve el bastón blanco rítmicamente de lado a lado, golpeándolo repetidamente contra el suelo. Continúa su camino por la calle por la que yo venía.
Giro a la izquierda siguiendo mi camino -sin saber a dónde me lleva-. Unos metros después me doy cuenta de que la mujer es ciega, y de que posiblemente se dirija al agujero con la rejilla inestable.
Doy la vuelta y llego a la esquina. Me asomo y miro.
La mujer va en línea recta hacia el agujero. Aún no ha llegado. Sólo le faltan unos pocos pasos.
Va a tocar la reja con el bastón y pensará que no hay peligro, me digo. Pero en cuanto reciba el peso de la mujer ciega, se caerá. Al vacío. A la oscuridad.
No digo nada. Simplemente miro, agazapado en la esquina, cómo la mujer se acerca al agujero.
miércoles, 30 de junio de 2010
miércoles, 16 de junio de 2010
Zombi(e)s - II
Continuación del relato en tres entregas, cuya primera parte podéis leer aquí.
Caminé hasta el borde de la azotea, mordí los extremos del puro de la victoria (pírrica, en este caso) y lo encendí al grito de “¡vivan los novios!”. Me senté a recordar tiempos mejores, cuando lo tenía todo: dinero, familia, amigos… luego, llegó el infierno. Tuve una parte de culpa en todo este asunto, lo reconozco. Aunque en mi defensa debo decir que también tuvo algo que ver aquella secretaria rubia recién salida de la academia. Y la hermana de Felipe, que por entonces era soltera y no tenía las ataduras que yo llevaba pero que fingía no ver. Ah, sí, y aquella alemana que vino de la central a investigar unos asuntos del departamento de ventas. De la morena del bar en aquel pequeño pueblo costero prefiero no acordarme, aún tengo pesadillas recordando su sorpresa. Un golpe contra la puerta metálica de la azotea interrumpió mi orgullosa enumeración, así que para resumir diré que todo aquello se llevó a mi familia, mi familia me dejó sin dinero, y con el dinero se fueron mis amigos. Pensándolo mejor, me alegro de que los zombis se los comieran a todos.
Caminé hasta el borde de la azotea, mordí los extremos del puro de la victoria (pírrica, en este caso) y lo encendí al grito de “¡vivan los novios!”. Me senté a recordar tiempos mejores, cuando lo tenía todo: dinero, familia, amigos… luego, llegó el infierno. Tuve una parte de culpa en todo este asunto, lo reconozco. Aunque en mi defensa debo decir que también tuvo algo que ver aquella secretaria rubia recién salida de la academia. Y la hermana de Felipe, que por entonces era soltera y no tenía las ataduras que yo llevaba pero que fingía no ver. Ah, sí, y aquella alemana que vino de la central a investigar unos asuntos del departamento de ventas. De la morena del bar en aquel pequeño pueblo costero prefiero no acordarme, aún tengo pesadillas recordando su sorpresa. Un golpe contra la puerta metálica de la azotea interrumpió mi orgullosa enumeración, así que para resumir diré que todo aquello se llevó a mi familia, mi familia me dejó sin dinero, y con el dinero se fueron mis amigos. Pensándolo mejor, me alegro de que los zombis se los comieran a todos.
lunes, 7 de junio de 2010
Zombi(e)s - I
Comenzamos un relato corto que ocupará dos o tres entregas.
Les oí subir las escaleras. Qué demonios, ya les oía cuando estaban en la calle, dando vueltas a la manzana, buscando un hueco en la pared, como si no fueran capaces de reconocer una puerta. Sus gemidos absurdos, monosílabos, incapaces de terminar siquiera una palabra, se sumaban unos a otros sin ritmo, tono ni sentido. Fue entonces, el día en que se acabó el mundo, cuando descubrí algo que sonaba peor que Enrique Iglesias en directo.
Les oí subir las escaleras. Qué demonios, ya les oía cuando estaban en la calle, dando vueltas a la manzana, buscando un hueco en la pared, como si no fueran capaces de reconocer una puerta. Sus gemidos absurdos, monosílabos, incapaces de terminar siquiera una palabra, se sumaban unos a otros sin ritmo, tono ni sentido. Fue entonces, el día en que se acabó el mundo, cuando descubrí algo que sonaba peor que Enrique Iglesias en directo.
viernes, 14 de mayo de 2010
Jiménez-Giménez en el hospital
Por la mañana, Jiménez-Giménez volvía a su casa con una docena de churros bajo el brazo y el último número de una revista sobre las relaciones con los gatos -y los felinos en general- en un pequeño bolsillo: no se pueden escribir muchas líneas sobre este tema cuando se trata de estos animales. Como cada quinto domingo de mes, se desplazaba dando grandes saltos por la acera, con ambos pies a la vez, doblando las rodillas antes de estirar las piernas y ayudándose de los brazos para darse impulso. De esta forma se hizo daño en el codo que tenía libre.
Decidió que lo mejor sería ir en taxi al hospital. Teniendo un codo herido y el otro ocupado en que no se cayera su futuro desayuno, tuvo que levantar una pierna hasta situar el pie por encima de su cabeza para llamar la atención de algún conductor. Por fin se detuvo un pequeño taxi, del que salieron una docena de payasos, y al que se subió en cuanto estuvo libre; tuvo que abrir las ventanillas porque olía a tartas de merengue y a zapatos gigantes. Le indicó al conductor el nombre del hospital más cercano y comenzó a comerse los churros antes de que se enfriaran del todo, echando vistazos al taxista por el ángulo que le permitían los asientos delanteros y el reflejo del retrovisor: tenía esa molesta impresión de que le conocía, pero no era capaz de situarle, de saber quién era o por qué le conocía.
Decidió que lo mejor sería ir en taxi al hospital. Teniendo un codo herido y el otro ocupado en que no se cayera su futuro desayuno, tuvo que levantar una pierna hasta situar el pie por encima de su cabeza para llamar la atención de algún conductor. Por fin se detuvo un pequeño taxi, del que salieron una docena de payasos, y al que se subió en cuanto estuvo libre; tuvo que abrir las ventanillas porque olía a tartas de merengue y a zapatos gigantes. Le indicó al conductor el nombre del hospital más cercano y comenzó a comerse los churros antes de que se enfriaran del todo, echando vistazos al taxista por el ángulo que le permitían los asientos delanteros y el reflejo del retrovisor: tenía esa molesta impresión de que le conocía, pero no era capaz de situarle, de saber quién era o por qué le conocía.
lunes, 10 de mayo de 2010
Artista becario XI: las vacas suizas
La imagen de hoy se la dedicamos a Suiza, a sus vacas y sus chocolates; a sus relojes y a su neutralidad; a sus bancos... bueno, a sus bancos no.
Pero sobre todo a la gente que anda por allí perdida, si son capaces de encontrar el enchufe para su cable Ethernet.
También se la dedicamos a la gente que va a ir allí y a la gente que ya ha ido; a los que irían y a los que habrían ido; y a los que no van a ir en su vida.
Pero sobre todo a la gente que anda por allí perdida, si son capaces de encontrar el enchufe para su cable Ethernet.
También se la dedicamos a la gente que va a ir allí y a la gente que ya ha ido; a los que irían y a los que habrían ido; y a los que no van a ir en su vida.
viernes, 7 de mayo de 2010
El melófago - Tank!, de Yoko Kanno
Hoy viajamos hasta Japón, hace poco más de 10 años. O quizá deberíamos decir que nos vamos al espacio -aunque sin salir del Sistema Solar- y avanzamos casi un siglo en el tiempo. Depende de si elegimos desplazarnos hasta la zona del espacio-tiempo en que se creó esta música o en la que se desarrolla la serie para la que se creó este tema.
Os presentamos Tank!, canción que aparece en la presentación -opening, la llaman algunos- de Cowboy Bebop:
Os presentamos Tank!, canción que aparece en la presentación -opening, la llaman algunos- de Cowboy Bebop:
miércoles, 5 de mayo de 2010
Enarmorarse de una camarera
Desde hace mucho tiempo lo he sabido:
Me enamoraré de una camarera. Una que esté detrás de la barra de un garito molón. No hace falta que sea exuberante; no hace falta que sea rubia -ni siquiera teñida-; aunque trabajando como barwoman en un local nocturno se le presupone cierta belleza, por supuesto.
Pero no puede ser cualquiera; necesita cumplir una única condición, necesaria y suficiente para mi enamoramiento:
que, cuando le pida tres tercios, me pregunte si lo que quiero es un litro.
Me enamoraré de una camarera. Una que esté detrás de la barra de un garito molón. No hace falta que sea exuberante; no hace falta que sea rubia -ni siquiera teñida-; aunque trabajando como barwoman en un local nocturno se le presupone cierta belleza, por supuesto.
Pero no puede ser cualquiera; necesita cumplir una única condición, necesaria y suficiente para mi enamoramiento:
que, cuando le pida tres tercios, me pregunte si lo que quiero es un litro.
martes, 20 de abril de 2010
Artista becario X
Pese al título, la entrada de hoy no es pornográfica. Puede que sea un poco erótico-festiva.
El caso es que la imagen no la veis directamente aquí (de momento) porque la hemos enviado a un concursillo que han hecho los chicos de El Mundo Today en su Facebook, titulado Gatos que leen La Razón. Cuando termine el concurso editaremos esta entrada para que los que vengan detrás puedan verla sin tener que hacer un triple mortal.
De momento, tendréis que verla a través de Facebook. Aparentemente no deberíais tener problemas con el enlace aunque no tengáis cuenta en esta red social.
El caso es que la imagen no la veis directamente aquí (de momento) porque la hemos enviado a un concursillo que han hecho los chicos de El Mundo Today en su Facebook, titulado Gatos que leen La Razón. Cuando termine el concurso editaremos esta entrada para que los que vengan detrás puedan verla sin tener que hacer un triple mortal.
De momento, tendréis que verla a través de Facebook. Aparentemente no deberíais tener problemas con el enlace aunque no tengáis cuenta en esta red social.
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