Dos tipos de mediana edad entran en el vagón por puertas diferentes. Al no haber asientos vacíos, se quedan de pie. Un minuto después un señor mayor se levanta y se dirige a una salida mientras los dos primeros se mueven para ocupar el puesto del tercero rápidamente hasta encontrarse cara a cara delante del hueco que ha quedado entre dos viajeros. Entonces, uno de los que iba a sentarse le dice al otro:
- ¡Mira detrás de ti! ¡Un mono de tres cabezas! - y aprovecha para sentarse tranquilamente mientras el otro se gira. Al darse cuenta del engaño, se enfurece rápidamente.
- ¡Falsario! ¡Maldito seáis tú y tu estirpe de alimañas embusteras! - le increpa apuntándole con el índice, el brazo temblando de pura rabia. - ¡Sierpe mentirosa! ¡Ojalá te pudras en el más profundo de los infiernos durante dos eternidades consecutivas!
martes, 12 de abril de 2011
viernes, 8 de abril de 2011
Artista becario XI - una de aventuras
Hoy presento un encargo de hace tiempo: que realizase un pequeño dibujo del que fue, posiblemente, el mejor personaje de películas de aventuras hasta que... decidieron hacer una cuarta entrega, casi treinta años después de la primera y viente después de la tercera.
Sin más, presento al Dr. Jones:
Sin más, presento al Dr. Jones:
martes, 5 de abril de 2011
Zombi(e)s - III
Continuación del relato: si no ha leído las entregas anteriores, aún está a tiempo.
Allí estaba yo, en el suelo, rodeado de una marabunta de gente medio podrida, que me escrutaba intentando averiguar si era uno de los suyos o si por el contrario iba a ser el plato principal del día. Se acercaban despacio, con sus ojos (en los casos en que conservaban los dos) puestos en mí. En su estilo habitual, avanzaban despacio, como si intentaran hacerse los interesantes, igual que una novia el día de su boda; pero en esta ocasión yo ya sabía que aquello no iba a terminar bien.
Decidí que lo mejor era intentar convencerles de que era como ellos, así que comencé a emitir uno de aquellos gemidos graves, eternos, monocordes, sin sentido. Aquello no parecía ser suficiente para mi público, así que decidí completar mi actuación con algo de movimiento. Sutilmente agarré el brazo del cadáver andante que me había salvado la vida y lo alcé. En realidad, sólo pude intentarlo.
viernes, 24 de diciembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Anteriormente, en Zombi(e)s
Nuestro héroe protagonista se encuentra solo, en un edificio asediado por gente podrida. Cuando éstos consiguen entrar, aquél se dirige a la azotea. Al llegar allí, la peste de la calle le hace vomitar. Para terminar de asentarse el estómago, se fuma un puro mientras hace un breve repaso a su vida. Acercándose al borde de la azotea se piensa dos veces si realizar lo que tiene en mente, pero finalmente se lanza al vacío (después de decir unas emotivas últimas palabras), aterrizando sobre un cadáver andante. Resulta herido, bastante herido: sólo puede ver cómo los muertos andantes se acercan a él, lentamente, mientras intenta pensar en algo.
Mientras, en su madriguera, el Conejo de Pascua intenta adivinar qué clase de mente enferma había decidido que para celebrar la llegada de la primavera un conejo entregaría huevos de chocolate. La parte de envolverlos en papeles de colores y esconderlos (esto último sólo un poco, porque debían ser encontrados) era un juego de niños, pero conseguirlos... eso sí que era un problema. Se juró a sí mismo que, si algún día encontraba al responsable, se lo haría pagar caro. La voz del médico interrumpió sus maldiciones: "Viene otro, y es grande. Mantén el ritmo de respiración."
Mientras, en su madriguera, el Conejo de Pascua intenta adivinar qué clase de mente enferma había decidido que para celebrar la llegada de la primavera un conejo entregaría huevos de chocolate. La parte de envolverlos en papeles de colores y esconderlos (esto último sólo un poco, porque debían ser encontrados) era un juego de niños, pero conseguirlos... eso sí que era un problema. Se juró a sí mismo que, si algún día encontraba al responsable, se lo haría pagar caro. La voz del médico interrumpió sus maldiciones: "Viene otro, y es grande. Mantén el ritmo de respiración."
miércoles, 30 de junio de 2010
El agujero
Corro a un ritmo medio, haciendo ejercicio, por la ciudad.
No conozco la calle en la que estoy. Es peatonal y los edificios que la forman son altos y antiguos.
Es de noche, pero las farolas proporcionan buena visibilidad, incluso con esa luz amarillenta. Me permiten ver que la rejilla que cubre un agujero de ventilación del suburbano (o al menos eso parece: en un agujero profundo, rectangular, de un par de metros de lado) está mal colocada, haciendo equilibrio.
Me desvío unos metros a la izquierda para evitar la rejilla y sigo mi camino.
Al llegar al final de la manzana, me cruzo con una mujer mayor. Parece estar cerca de los setenta por el pelo cano y las arrugas en la cara. Mueve el bastón blanco rítmicamente de lado a lado, golpeándolo repetidamente contra el suelo. Continúa su camino por la calle por la que yo venía.
Giro a la izquierda siguiendo mi camino -sin saber a dónde me lleva-. Unos metros después me doy cuenta de que la mujer es ciega, y de que posiblemente se dirija al agujero con la rejilla inestable.
Doy la vuelta y llego a la esquina. Me asomo y miro.
La mujer va en línea recta hacia el agujero. Aún no ha llegado. Sólo le faltan unos pocos pasos.
Va a tocar la reja con el bastón y pensará que no hay peligro, me digo. Pero en cuanto reciba el peso de la mujer ciega, se caerá. Al vacío. A la oscuridad.
No digo nada. Simplemente miro, agazapado en la esquina, cómo la mujer se acerca al agujero.
No conozco la calle en la que estoy. Es peatonal y los edificios que la forman son altos y antiguos.
Es de noche, pero las farolas proporcionan buena visibilidad, incluso con esa luz amarillenta. Me permiten ver que la rejilla que cubre un agujero de ventilación del suburbano (o al menos eso parece: en un agujero profundo, rectangular, de un par de metros de lado) está mal colocada, haciendo equilibrio.
Me desvío unos metros a la izquierda para evitar la rejilla y sigo mi camino.
Al llegar al final de la manzana, me cruzo con una mujer mayor. Parece estar cerca de los setenta por el pelo cano y las arrugas en la cara. Mueve el bastón blanco rítmicamente de lado a lado, golpeándolo repetidamente contra el suelo. Continúa su camino por la calle por la que yo venía.
Giro a la izquierda siguiendo mi camino -sin saber a dónde me lleva-. Unos metros después me doy cuenta de que la mujer es ciega, y de que posiblemente se dirija al agujero con la rejilla inestable.
Doy la vuelta y llego a la esquina. Me asomo y miro.
La mujer va en línea recta hacia el agujero. Aún no ha llegado. Sólo le faltan unos pocos pasos.
Va a tocar la reja con el bastón y pensará que no hay peligro, me digo. Pero en cuanto reciba el peso de la mujer ciega, se caerá. Al vacío. A la oscuridad.
No digo nada. Simplemente miro, agazapado en la esquina, cómo la mujer se acerca al agujero.
miércoles, 16 de junio de 2010
Zombi(e)s - II
Continuación del relato en tres entregas, cuya primera parte podéis leer aquí.
Caminé hasta el borde de la azotea, mordí los extremos del puro de la victoria (pírrica, en este caso) y lo encendí al grito de “¡vivan los novios!”. Me senté a recordar tiempos mejores, cuando lo tenía todo: dinero, familia, amigos… luego, llegó el infierno. Tuve una parte de culpa en todo este asunto, lo reconozco. Aunque en mi defensa debo decir que también tuvo algo que ver aquella secretaria rubia recién salida de la academia. Y la hermana de Felipe, que por entonces era soltera y no tenía las ataduras que yo llevaba pero que fingía no ver. Ah, sí, y aquella alemana que vino de la central a investigar unos asuntos del departamento de ventas. De la morena del bar en aquel pequeño pueblo costero prefiero no acordarme, aún tengo pesadillas recordando su sorpresa. Un golpe contra la puerta metálica de la azotea interrumpió mi orgullosa enumeración, así que para resumir diré que todo aquello se llevó a mi familia, mi familia me dejó sin dinero, y con el dinero se fueron mis amigos. Pensándolo mejor, me alegro de que los zombis se los comieran a todos.
Caminé hasta el borde de la azotea, mordí los extremos del puro de la victoria (pírrica, en este caso) y lo encendí al grito de “¡vivan los novios!”. Me senté a recordar tiempos mejores, cuando lo tenía todo: dinero, familia, amigos… luego, llegó el infierno. Tuve una parte de culpa en todo este asunto, lo reconozco. Aunque en mi defensa debo decir que también tuvo algo que ver aquella secretaria rubia recién salida de la academia. Y la hermana de Felipe, que por entonces era soltera y no tenía las ataduras que yo llevaba pero que fingía no ver. Ah, sí, y aquella alemana que vino de la central a investigar unos asuntos del departamento de ventas. De la morena del bar en aquel pequeño pueblo costero prefiero no acordarme, aún tengo pesadillas recordando su sorpresa. Un golpe contra la puerta metálica de la azotea interrumpió mi orgullosa enumeración, así que para resumir diré que todo aquello se llevó a mi familia, mi familia me dejó sin dinero, y con el dinero se fueron mis amigos. Pensándolo mejor, me alegro de que los zombis se los comieran a todos.
lunes, 7 de junio de 2010
Zombi(e)s - I
Comenzamos un relato corto que ocupará dos o tres entregas.
Les oí subir las escaleras. Qué demonios, ya les oía cuando estaban en la calle, dando vueltas a la manzana, buscando un hueco en la pared, como si no fueran capaces de reconocer una puerta. Sus gemidos absurdos, monosílabos, incapaces de terminar siquiera una palabra, se sumaban unos a otros sin ritmo, tono ni sentido. Fue entonces, el día en que se acabó el mundo, cuando descubrí algo que sonaba peor que Enrique Iglesias en directo.
Les oí subir las escaleras. Qué demonios, ya les oía cuando estaban en la calle, dando vueltas a la manzana, buscando un hueco en la pared, como si no fueran capaces de reconocer una puerta. Sus gemidos absurdos, monosílabos, incapaces de terminar siquiera una palabra, se sumaban unos a otros sin ritmo, tono ni sentido. Fue entonces, el día en que se acabó el mundo, cuando descubrí algo que sonaba peor que Enrique Iglesias en directo.
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